domingo, marzo 12

Oh, el amor II

Anoche me encontré en un bar con *J*, una amiga que no veía hace varios meses y me contó una historia de esas que ya no se oyen.
En resumidas cuentas, un día conocío a *M* y empezaron a salir. Tres semanas después, mientras bailaban en Valparaíso con otros amigos, él la miró a los ojos y le dijo "te quiero". Ella le dijo lo mismo y gritaron juntos "¡nos queremos!". Los amigos los oyeron, se abrazaron en una ronda, saltando y cantando "¡nos queremos, nos queremos!".
En fin, todavía se quieren.

update: tal como lo presagió Malayo en su comentario, *
J* y *M* ya no se quieren. Al poco tiempo de separarse, él se casó. Un día se encontraron en la calle, pero siguieron de largo sin saludarse. Pucha el amor.



Vea además:


Oh, el amor I

jueves, marzo 2

Sepa usted


Este es Adrian Flanagan y sus dos hijos, Benjamin y Gabriel, de 7 y 4 años.

Hace cuatro meses y dos días Adrian partió desde Inglaterra con el propósito de dar la vuelta al mundo en dirección oeste, solo, en un yate. Adrian tiene 45 años, cuando tenía 16 se obsesionó con la idea cuando conoció a sir Francis Chichester, quien en 1967 hizo esta ruta por primera vez, con una parada en Sydney.
Casi 40 años después, Adrian pretende hacer lo mismo pero sin tocar tierra. Son más de 56 mil kilómetros y 300 días de viaje en solitario. ¿Costo? Más de $ 180 millones, aportados en gran parte por auspiciadores. Aún buscan nuevas donaciones en su sitio web.
Según me contó Louise, su ex mujer y actual capitana de expedición, el lunes de la semana pasada Adrian pudo cruzar sin problemas el Cabo de Hornos. En la gobernación marítima de Punta Arenas jamás se dieron cuenta de su paso. Al parecer en Valparaíso sí tienen noticias de él, tengo que confirmarlo aún.
De vez en cuando se comunica con Louise para contarle del viaje. Ayer estaba frente a la isla Patricio Lynch, paralelo a Villa O'Higgins, para que se hagan una idea.
Cuando le pregunté a Louise por qué Adrian había dejado su trabajo y su familia por semejante aventura con una seguridad que me llegó a los huesos me dijo: "¡porque está loco!".

sábado, febrero 25

Pánico por gripe aviaria en Chile y el mundo

Nota de la Recopiladora (1): Las negritas y comillas pertenecen al original.


Acude al hospital tras practicar el "boca a boca" a una paloma

El centro hospitalario descartó cualquier contagio de la mujer.

Una mujer vecina de Alicante acudió al hospital de San Juan ante el temor, finalmente infundado, de haber sido contagiada de gripe aviaria tras haber practicado el boca a boca a un ejemplar de paloma encontrada enferma en la vía pública.

El concejal de Sanidad del Ayuntamiento de Alicante, Juan Zaragoza, relató ayer a los periodistas que este caso se dio el lunes y los médicos del hospital de San Juan, centro encargado de aplicar el protocolo en posibles casos de gripe aviaria, han descartado contagio a esta mujer, de avanzada edad y que reside en el centro de la ciudad.

Según el concejal, esta mujer hizo, "en su afán de proteger a los animales", el "boca a pico" a una paloma que halló en plena calle y que estaba muriéndose.

EL ANIMAL, A CASA "Se llevó la paloma a casa, intentó reanimarla, no pudo y entonces pensó en hacerle la respiración artificial y le insufló aire desde su propia boca y pulmones a través del pico", a pesar de lo cual el ave falleció, pues su estado "era irrecuperable".

El concejal de Sanidad continuó que esta mujer ya sufría "un proceso gripal" y explicó que, al conocer su forma de reanimación a la paloma, varios "amigos" de la mujer la convencieron para llevarla al hospital de San Juan, donde los médicos la sometieron a pruebas y determinaron que se trataba de una gripe "normal y corriente". Esta mujer, que regresó a casa para continuar la recuperación de la gripe, es conocida en el barrio por acumular "varias multas" por repartir migas de pan a las palomas infringiendo la ordenanza municipal que prohíbe alimentar a estas aves, de las que hay una numerosa colonia en la ciudad.

CASO AISLADO Por su parte, el alcalde de Alicante, Luis Díaz Alperi, enmarcó este caso dentro de una actitud aislada, y aseguró que no hay motivo para sentir "pánico" por la gripe aviaria en la ciudad, ya que se siguen todas las recomendaciones de las autoridades sanitarias.


El Periódico Mediterráneo, 22.02.06


Nota de la Recopiladora (2): Si piensan que estas cosas sólo suceden lejos de Chile, continúen leyendo.

PLAZA DE ARMAS DE CALAMA

Mujer mata a 84 palomas por temor a gripe aviar

Una mujer de Calama es investigada por la Secretaría Regional Ministerial (Seremi) de Salud tras haber eliminado con veneno a 84 palomas de la Plaza de Armas por miedo a ser contagiada por la gripe aviar.

El inusual caso se dio a conocer ayer tras los análisis de la autoridad sanitaria, que comprobó que la muerte masiva de especies, producida el fin de semana pasado, se debió a un veneno preparado con hierbas ilegales provenientes de Bolivia. Con esa mezcla mató a 54 ejemplares, pero se asume que la mujer también es responsable de otras 30 muertes ocurridas en enero.

El cuidador de la plaza, Luis Olivares, fue quien alertó sobre la última matanza, y dijo que "las palomas eliminaban espuma desde la boca, tenían las patas tiesas y caían al suelo ya muertas". El seremi (S) de Salud, Manuel Cortés, señaló que, según el sumario sanitario, la mujer arriesga multas de entre una y 500 UTM (entre $ 31.508 a $ 15 millones).

La Tercera, 24.02.06

sábado, febrero 18

jueves, febrero 16

Oh, el amor

I just quote, though I smile with tears:

"Quería mostrar unas imágenes de Tenca que tomé en Osorno durante el terreno, que tiene una mal formación en el pico (la he visto en tres oportunidades). Se ve muy curiosa, de hecho a la distancia parece una Bandurrilla. Lo interesante fue que en el verano la vi alimetándose de saltamontes especialmente en los prados, y además, persiguiendo a una posible pareja con un hermoso display de cortejo. Lo que sobresale a mi siguiente viaje es que ésta al parecer consiguió conquistar a aquella hembra y ahora los veo alimentándose juntos en los mismo parajes".

Jorge Valenzuela, 07.09.2005


martes, febrero 14

XIV

Por diversas razones este día pintaba para negro. Por otras razones, no lo fue.

Cuando salí de la pega no hacía ni frío ni calor, no estaba tan cansada y no tenía ganas de llegar a la casa así que me fui caminando y escuchando a Tom Waits, Marisa Monte y María Rita.

En José Miguel Infante un tipo me quiso vender rosas y le dije que no con la cabeza.
Me dijo "¡Espére señorita!, están un poco tristes pero usted las va a cuidar, tome, con todo cariño" y sacó dos rosas de una caja. Una amarilla y otra rosada. Estaban tristes: tenían pocos pétalos, casi marchitas, mal envueltas y de manos de un desconocido. El resto del camino me puse a sacar algunas conclusiones, así, a vuelo de pájaro. Ninguna es publicable.

A dos cuadras de mi casa hay dos pequeñas plazoletas llenas de mirlos y chincoles (que se parecen mucho a los mirlos hembra). Me acordé que los mirlos son parásitos: ponen sus huevos en nidos ajenos e incluso se deshacen de huevos para hacerle espacio a los suyos. Los chincoles estarían en la vereda del frente pues son los que generalmente anidan esos huevos y, como si fuera poco, le han cedido gran parte de sus territorios a los gorriones, que dicho sea de paso son importados de Europa. Por eso me resultan tan simpáticos los chincoles, y qué bien le vendría a uno llamarse Aucán.

Ochentas



Me llegó un mail de lo más estúpido y melancólico sobre los niños de los 70s y 80s pero no pude evitar acordarme de algunas cosas. Paso a anotarlas como ayudamemoria para cuando ataque mister Alzheimer (el mail va en azul, mis recuerdos, en verde):


"Andábamos en bicicleta sin casco, nos sacábamos la chucha y nos rompíamos las rodillas y las manos, y nuestros amigos se cagaban de la risa y ninguno se traumó".

Hoy tengo cicactrices en las rodillas, en una pantorrilla, en el antebrazo y en la mano derecha. También una en la izquierda pero por jugar a la marca del indio.


"Los columpios eran de metal, con esquinas en punta y jugábamos a ver quien era el más bestia tratando de dar la vuelta completa".

Sí, también traté. Una vez me quebré la clavícula tratando de imitar a Mary Poppins.

"Jugábamos al "palo mayor" al "caballito de bronce" y nadie sufrió hernias ni dislocaciones vertebrales".

También jugué al “Zoo” y “Hoyito-Patá”.


"Salíamos de casa por la mañana, jugábamos todo el día, y sólo volvíamos cuando se encendían las luces de la calle. Nadie podía localizarnos. No había celulares, ni siquiera todos teníamos teléfono".
Verdad, lo peor era que en verano oscurecía más tarde y había que “entrarse” cuando todavía podíamos seguir jugando. Era increíble quedarse a tomar once en la casa de los vecinos, sobre todo porque en algunas casas compraban tartaletas o mazapanes del Mozart. Siempre fue más rico el pan con mantequilla en otras casas.


"Nos rompíamos los huesos y los dientes y no había ninguna ley para demandar a los culpables. Nos abríamos la cabeza jugando a guerra de piedras y no pasaba nada, eran cosas de niños y se curaban con povidona yodada y unos puntos. Nadie a quién culpar, sólo a nosotros mismos."

Muy cierto, povidona para todo y la novedad era el bialcol. Jamás me hicieron puntos, todo se curaba, en la casa y bastaba. También me quebré un diente y no recuerdo haber ido a ninguna posta de urgencia.

"Comíamos dulces y bebíamos jugos yupi, pero no éramos obesos. Si acaso alguno era gordo lo era y punto".

Lo mejor era hacer helados con Flavoraid o Zip Zup, uno de esos traía los moldes. Otro jugo era el Zuko, pero que vendían en jarro de vidrio con mango naranjo. Aún hay casas que los usan.

"Compartimos botellas de bebidas o lo que se pudiera beber y nadie se contagió de nada".

Yo compraba bebidas de 350 cc a $ 80, dulces de a peso y dulces de coca cola que valían $ 5.

"Hicimos juegos con palos, perdimos mil pelotas de fútbol. Bebíamos agua directamente de la llave, sin embotellar, y algunos incluso chupaban la llave. Íbamos a cazar lagartijas y
pájaros con la escopeta de perdigones".
Las pelotas quedaban en el patio del vecino, matábamos babosas con sal, juntábamos chanchitos de tierra, metíamos bichos en alcohol. En el patio había una llave de agua llena de musgo y hongos, no me acuerdo de haber tomado agua más rica después de jugar horas al “Arco peleado”.

miércoles, febrero 8

Este verano no ha sido verano


He escuchado por ahí que las temperaturas en Santiago llegan a los 30 grados, que hay que tener cuidado con el índice de rayos UV y que en cualquier momento vuelve la ola de calor. Incluso 36 grados creo que hubo hace poco.
Yo, como si viviera en un iceberg. Tengo frío todo el día. Se me congelan las manos, estoy pálida.
¿Culpable? El aire acondicionado que tiene un termostato de TODO o NADA que dice "usted, o se muere de frío o se muere de calor".
Una conocida me contó una vez que el primer recuerdo de su vida fue haber sentido el sol sobre la piel cuando estaba en el mudador, junto a la ventana. Me acuerdo de ella todos los días cuando disfruto de escasos 85 segundos de sol, cerca de las 7.30 de la tarde, mientras camino de la oficina al Metro.
Todo lo que queda del día, frío.

miércoles, enero 25

Una pequeña aclaración...

Señoras y Señores, primero: el mundo no se ha acabado.
Señoras y Señores, segundo: en este blog se permiten ciertas divagaciones relacionadas a la ficción. El apego estricto a la verdad lo remito a mis labores profesionales.
Señoras y Señores, tercero: no os preocupéis.

domingo, enero 22

Lo que no sabía

Yo no sabía que algo tonto podía doler.
No sabía que la angustia se acumula en el pecho, sube por el nudo de la garganta, moja las mejillas.
Tampoco sabía que podía convertirse en un acto reflejo.
Yo no sabía que podía disimular el llanto y los ojos hinchados.
No sabía que si prendía la luz de noche se me olvida que no estás.
Yo no sabía cómo levantarme y olvidar las pesadillas.

Tampoco sabía que hasta un vidrio roto podía traer recuerdos.
No supe entender lo que querías de mí.
Tampoco supe leer entre líneas.

Nunca supe decirte que no.
Nunca supe colgar el teléfono.
Nunca sé qué haces, si estás, si vuelves.

No sé qué quieres, pero sé qué quiero.

miércoles, enero 18

Mr. Postman

Encontré en el piso mi baño una pelusa de las que uno llama "cartas" o "va a llegar una carta" cuando las ve flotar. Por una milésima de segundo me puse romántica y me dije "tal vez". Acto seguido reaccioné, la tiré por la taza del baño y y di la cadena. Esas cartas ya no van a llegar.

martes, enero 17

Mi meta 2006

Como no cumplí ninguna de las metas que me propuse para el 2005, este año había decidido no tener ninguna. Pero ayer apareció una y no pude rechazarla.
Me tocó ir dos veces a La Pintana durante el día, a la altura del paradero 36 de Santa Rosa. Hacía un calor espantoso por lo que fuimos con el aire acondicionado al máximo y las ventanas del auto bien cerradas.
Cuando nos estacionamos y abrí la puerta se me apretó el estómago y se me llenaron los ojos de lágrimas. Era un olor muy familiar y lejano, no lo sentía hace mucho pero no había perdido el efecto en mí.
No me acuerdo cuándo fue que lo olí por primera vez pero sé que durante dos años lo sentí todos los sábados, en la toma de Peñalolén.
Es el olor a extrema pobreza, a campamentos, tomas y poblaciones. No quiero que me malinterpreten, sé que suena duro pero no es el olor en sí lo que me violenta, es el hecho de que ese olor exista y que muchos jamás lo sentirán ni lo entenderán. Es una mezcla de tierra, sudor, perros, agua sucia y basura que sentía ya a dos cuadras de la toma y se me quedaba pegado en la ropa y el pelo. A mí, ese aroma me causa dolor, compasión, nostalgia y un cariño enorme por todos a los que conocí en esos lugares, especialmente en la toma.
Lo fundamental es que no tiene nada que ver con la limpieza ni con la dignidad. Los niños se podían ver sucios pero no por descuido de los papás, o porque no tuvieran más ropa, o porque no se bañaran, sino que es lo más lógico y cómodo si viven y juegan todo el día entre cartones y tierra. Cuando salíamos de paseo (al zoológico, algún museo o a un parque), las niñas se ponían el mejor vestido, se tomaban el pelo recién lavado con pinches y llevaban cartera. Los niños, de camisa bien abotonada y partidura al medio, guardaban suculentas colaciones en los bolsillos. Lo que quiero decir es que el olor no estaba en ellos, era una circunstancia, un entorno que no era su realidad. Y eso es lo que más duele de ese olor.
En La Pintana lo recordé todo y
durante el camino de vuelta me recriminé todo el tiempo que había pasado sin sentir ese olor. En el fondo, eso significaba que había estado mirándome el ombligo, aislada en mi burbuja -de clase media pero burbuja al fin-, sin hacer nada para que el olor desaparezca de la vida de esos niños, aunque sea por una tarde.
Y eso, no tengo muy claro qué voy a hacer, cómo, ni dónde. ¿Alguna sugerencia?

viernes, enero 6

Todo por hocicona

Maldita sea. Van a ser las 11 de la noche y sigo en el diario. Obvio que todo pasó en un minuto y tuve que escribir dos notas enormes al mismo tiempo, con gráficos, infografías y mapas que aún no están listos. Qué bonito. Y todo por hablar.

La noche (y el día) es una pérdida de tiempo

La noche es una pérdida de tiempo. Siempre me ha costado dormir pero anoche fue insoportable. Llegué cerca de la s 12 a mi casa. Venía del lanzamiento de Sumatra, libro de poemas de Malayo y me puse a ver los noticiarios. A la 1 apagué la TV y no me pude dormir, o eso creo. Fue un tipo de sueño muy liviano, con saltos y vueltas. Lo único en que pensaba era en todo lo que tenía que hacer hoy viernes, cómo me iba a organizar, qué preguntas iba a hacer en la entrevista, etc. Una pesadilla consciente.
A las 3 escuché llegar a mi hermano.
A las 5 los pájaros empezaron a cantar, y los odié. Si no los hubiera reconocido tal vez no me habrían molestado y se habrían quedado como ruido de fondo. Gorriones, Tordos, Chercanes. Todo porque armé con CasaGrande una revista sonora que incluía estas aves y las tuve que escuchar mil veces.
A las 7 sentí que mi mamá se levantaba. Al fin sonó el despertador a las 8 y podía empezar a funcionar.
¿Todo para qué? Ya va a ser medio día y no he hecho nada. Estoy en punto muerto esperando una entrevista que puede salir en cualquier momento o en seis horas más. Maldita sea. Tengo que poner cara de ocupada y concentración absoluta para que no me manden a Lampa.

domingo, diciembre 25

El gruero (o mi romance de verano)

Durante la semana pasada estuve trabajando en casa de una tía (la misma del post anterior). Ella vive en un barrio de gran explotación inmobiliaria, tanto, que se les ocurrió botar el cine Las Lilas. Justo al lado de su edificio hay una construcción y como tal, tiene una grúa tipo pluma, cuya central de mando dibuja un paralelo exacto hacia el ventanal de nuestro escritorio.

Yo llegaba todos los días a las nueve de la mañana y él ya estaba en su grúa con su overol azul. Nos saludábamos cortésmente y tomábamos desayuno juntos. Yo un té verde y él Coca Cola.
Si en algún momento de la mañana yo me distraía y miraba por la ventana, él me volvía a saludar y, sólo a veces, cuando se sentía con más confianza, me mandaba un beso. Yo, mucho más tímida, sólo me limitaba a sonreírle, aunque mi tía me decía que le respondiera el beso.

El gruero pasaba todo el día en la grúa y sólo bajaba a almorzar, a la 1. Yo almorzaba a las 2 así que pasábamos dos horas diarias separados. Cuando volvía, nos saludábamos de nuevo, pero esta vez él ya no tenía puesto el overol sino que figuraba en diminutos calzoncillos. Así, sin vergüenza alguna. Se notaba que el calor era su debilidad. En esa facha, si me mandaba un beso, yo me escondía y mi tía le respondía por mí. Era un romance provinciano de principios del siglo XX. Pasadas las 8 de la tarde se vestía y se bajaba de la grúa despidiéndose de nosotras.

Han pasado cuatro días desde que no lo veo. Mi tía me dice que escribió en la ventana de su grúa “FELIZ NABIDAD” y que tuvo que corregirle por señas su error. Él rectificó, siempre dispuesto a aprender.

La construcción va a estar ahí por más de un año. Uno de estos días invento cualquier excusa para ir a saludar, o quizá le lleve su almuerzo. No sé, algo se me ocurrirá, cualquier cosa les cuento.

domingo, octubre 23

La niña de Pavlov


El otro día estaba almorzando con unos amigos cuando me pasaron al teléfono al hijo de tres años de uno de ellos. Reproduzco el diálogo:
Yo: ¿Y qué almorzaste?
Él: ¡Nonaaa! ¿Qué almorcé?
Yo: ¿Cómo, no sabes?
Él: No me acuerdo.

Cuando corté el teléfono una de mis amigas me dijo "no le digas que no sabe porque puedes castrarlo". Ahí empezamos a discutir sobre las ventajas y desventajas de criar hijos aplicando la sicología. Que no se les puede gritar porque crecen inseguros y temerosos de ser padres; que hay que reforzarlos porque sino tendrán problemas con su vocación; que no les hablemos como guagua porque les retrasa el desarrollo.

Puras tonteras. Llevo vividos sanos 24 años siendo la primogénita de una novata madre alejada de toda superchería sicológica. Es más, conmigo se dedicó a experimentar. Prueba de esto es que antes de cumplir un año accedió a probar el famoso proceso estímulo/respuesta de Pavlov en mí. Todo porque una hermana suya estudiaba sicología o algo así. Me enteré de esto hace un par de años: apagaban la luz, me asustaban, acto seguido yo lloraba. Repitieron esto una y otra vez hasta que lograron que yo llorara sólo con apagar la luz.

Quiero aclarar, para quienes no hayan entendido la gravedad del asunto, que hoy en las escuelas de sicología enseñan lo mismo pero con ratones. Me atrevo a suponer que incluso pasan por sumario al estudiante que se le ocurra experimentar con guaguas.

Mi tía me preguntó si le tengo miedo a la oscuridad y confieso que estuve tentada de decirle que sí, que tengo que dormir con la luz prendida, que lloro incontrolablemente durante los cortos de luz. Pero le dije que la verdad, no me pasa nada con la oscuridad.

Cuando era un poco más grande mi mamá y otra tía (tengo tías para regalar) me llevaban a los columpios sólo para reírse de las caras de susto que ponía y los tiritones que me daban cuando me daban vuelo. Hoy no me dan miedo ni los columpios ni la velocidad ni las alturas.

Mi mamá también solía esconderse de mí en los supermercados. De esto todavía me acuerdo y el susto de saberse perdida atroz. O sea, soy el ejemplo viviente de que tanta tontera de la sicología moderna no sirve para nada; aquí estoy, medianamente normal. No quiero dar la idea de que mi mamá es una loca deschavetada ni que fue madre por venganza, apuesto que sus madres tienen algo que contarles. Es cosa de preguntar.

sábado, octubre 8

Acoso Callejero II Parte

El Entomocinéfilo

Nunca me ha gustado el día de mi cumpleaños. No es momento para explicar razones pero generalmente apago el celular, salgo temprano de mi casa y no vuelvo hasta tarde o simplemente me arranco de Santiago.

El día que cumplí 19 fui al cine Normandie, sólo por ir. No sabía de qué se trataba Microcosmos. Entré igual y me senté en la penúltima fila, al centro.

Como era miércoles el cine estaba más lleno que de costumbre y no me extrañó que un tipo cincuentón se sentara a mi derecha. Acto seguido puso su maletín sobre sus muslos y la chaqueta del terno encima, cubriéndole los antebrazos.


Deben haber pasado unos 20 minutos de gusanos, mariposas y hormigas caminando sobre hojas al ritmo de la música. Los bichos se movían acompasadamente y yo iba entrando en un profundo letargo.
Para tratar de espabilarme me enderecé en el asiento y crucé los brazos. Pero mi mano izquierda no se encontró con mi costilla derecha. Sobre ella había una mano. Me dan escalofríos cuando me acuerdo de la cara de palo del tipo, con su mano en mi costilla y mirando los bichos de la película concentradamente.

Eso sí, debo reconocer que su trabajo fue de relojero porque no me había dado cuenta de nada. Lamentablemente para él, lo pillé a medio camino, le grité un par de garabatos y salí corriendo del cine.

Sigo yendo al Normandie, pero nunca sola. Tampoco volvería a ver películas sobre insectos.


Vea además:

Acoso Callejero I Parte

lunes, septiembre 19

Acoso Callejero I Parte



Cuando era más chica me daba lo mismo caminar sola por la calle, aunque fuera de noche. Siempre me ha gustado caminar, sobre todo en esta época primaveral, me relaja. Pero anoche cuando volvía a mi casa tuve varias veces la sensación de que me seguían. Me daba vuelta a mirar y por suerte no había nadie.
¿Por qué el miedo entonces? No lo llamaría miedo, más bien era intranquilidad. No soy la tremenda mina ni me visto con escotes, minis, etcétera, pero no conozco a nadie con tanta historia de acoso callejero como yo.
Durante el colegio los agarrones en la micro eran pan de cada día. También estaban los tipos en bicicleta que salían especialmente a levantar faldas para después, de nuevo, apretar cueva.
Entrar al juego de la Monga en Fantasilandia era prestarse a ser violada a manotazos. Los gritos que se escuchaban no eran precisamente por susto al gorila (qué falso que era!) y por algo todas las mujeres nos pegábamos contra la pared.
A todos estos tipos de acoso una se acostumbra, es como caminar por afuera de una construcción. Es algo obvio, repetido, tanto así que si no te gritan algo, mejor devuélvete a la casa. Pero están los acosos que una no se espera, a los que una no sabe cómo actuar y que incluso sobrepasan el límite del pudor. Y a mí me han tocado toditos. Toditos los casos.

Algo raro que me pasó fue hace dos años atrás. Era domingo, como a las 10 de la noche y estaba por llegar a mi casa. Frente a mí venía caminando un hombre de unos 50 años con bolsas de supermercado en cada mano. Cuando estuvo a un metro de mí empezó a hablarme algo que no entendí, apenas escuché, como cuando a uno le preguntan la hora en la calle y por unos segundos cuesta un montón leer el reloj. Así me quedé yo.
El tipo se aprovechó de mi turbación y en un segundo dejó las bolsas en el suelo, se agachó y me sacó la hawaina del pie derecho. Ahí recién entendí que decía ser algo como quiropráctico y que quería saber si mi zapato era cómodo o no para recomendárselo a sus pacientes. Naturalmente no le creí (mi hawaiana era común y silvestre) y traté de zafar mi pie pero el tipo ya estaba muy entusiasmado y me hacía cariñitos feliz de la vida desde el pie hasta la pantorrilla. Como no logré escapar a la primera, junté fuerzas y me impulsé a correr dispuesta a sacarme la cresta contra el suelo antes de seguir consintiendo al fetichista. Pero el tipo no opuso resistencia y salí propulsada y cojeando tratando de mantener el equilibrio.

miércoles, septiembre 14

Mi calzón







Lleva más de una semana ahí. Plaza Italia, en plena Alameda.
Está colgando de la rama de un árbol, a unos tres metros del suelo. Es burdeo, grande para ser un calzón, pero nadie parece verlo.
La gente pasa apurada, mirando el suelo o hablando por celular. Ni siquiera me pescaron cuando estuve sacando las fotos. No voy a dar la lata con una reflexión sobre la calidad de vida del santiaguino, pero no deja de llamarme la atención que nadie lo vea. ¿Estamos ciegos?
Apenas lo vi empecé a mirar a la gente a mi alrededor para encontrar una explicación. Y nada, nadie miraba ni decía nada. Sólo caminaba.

Como está justo afuera del Jaque Mate, pensé que la prenda le pertenecía a una de las chiquillas que trabajan en el segundo piso del local haciendo horas extras. Pero mirándolo mejor es mucho más probable que haya sido lanzado desde otro edificio. Me gusta pensar que se enganchó al ser lanzado por amor, como una promesa y no que quedó ahí mientras desalojaban a la señora del tercero que debía tres meses de arriendo.
Quería compartir esto con ustedes, mis potenciales lectores. Recibo hipótesis, no pasen de largo, miren, imaginen y escriban.

domingo, septiembre 4

Things to do before I die

Suena Michael Bublé - Sway.

Parece truco publicitario y de cierta forma lo es. Como tal es muy bueno, pero la intención es otra. Les explico:

Anoche ví Mi life without me de la española Isabel Coixet. Una mujer de 23 (o niña de 23) se enteraba que en dos meses moriría a causa de un cáncer. A pesar del notición decide no decirle a nadie (ni siquiera al mil veces guapo Scott Speedman que hace las veces de marido en la película) y en cambio escribe una lista de cosas que debe hacer antes de morir.
La idea no es ponernos fatalistas. Sé, confío y espero que la muerte está varias estaciones más allá pero nunca está de más tener algunas metas claras.
Las mías no son del tipo "ser mejor persona" o "trascender", para cursilerías búsquese otro blog. Tampoco se basan en la típica trilogía "un libro, un árbol, un hijo". Modestia aparte, el libro ya lo escribí (de próxima distribución en su librería favorita), el árbol ya lo planté y el hijo ya lo aborté (un poco de humor negro, no podía no escribirlo, rimaba). Mi lista-de-cosas-que-debo-hacer-antes-de-morir es más simple. Es superflua pero honesta:

1. Aprender otro idioma. Disfruto viendo películas y escuchando música en idiomas que no entiendo. A veces, cuando la obsesión es mucha, hago traducciones propias.
2. Encontrar más capicúas. ¿Qué es un capicúa? Pues un número que se lee igual de izquierda a derecha que de derecha a izquierda. Como un palíndromo pero en números. Empecé a coleccionarlos hace dos años y el único que tengo es 1192911 en un boleto de micro.
3. Cantar Piensa en mí sobre un piano. Aún más, debe ser con el vestido que usa Michelle Pfeiffer en Scarface. Y claro, el piano debe ser de cola larga. Bien poco sexy sería hacer equilibrio sobre uno vertical con mi gracia de elefante. Y con público, sola no vale.
4. Conocer el lugar donde nací. No se puede morir sin volver al inicio.
5. Tener mascota. Nunca he tenido una y me encantan los animales. A los cinco años me regalaron un pollito a la salida del supermercado pero se murió a los dos días. Si tuviera un perro sería uno grande, tipo golden retriver o mastín inglés, me cargan los perros enanos y chillones.

He aquí el truco publicitario. Visite, lea, juegue, quédese y vuelva, lo estaremos esperando. No tienen que ser cinco. Tener claro una sola cosa indispensable antes de morir es bastante.


Suena Amee Mann - Red Vines.